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Seguros 17/07/2017 | Buenafuente
¿En defensa del bancario?
El empleado de la sucursal no es una víctima, es un sicario. Pero no es quien diseña ni promueve el modelo de negocio ni es quien lo aplica por propia voluntad

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Leo un artículo en El Economista, pensando en lo mal que se diagnostica el cáncer que padece esta sociedad enferma y el erróneo remedio que se aplica.
 
El titular avanza con claridad qué es lo que vamos a encontrarnos entre renglones rectos: prácticas torcidas. "Los empleados de la banca reclaman pólizas de responsabilidad jurídica" (ver nota)

Y, pregunto yo ¿no sería más fácil y humanamente responsable hacer las cosas bien?
 
Supongo que muchos de vosotros, lectores, conocéis a algún empleado bancario e incluso a directores de sucursal. Antaño eran personas estimadas en sus comunidades, fueran barrios o pueblos. Junto con el alcalde, el cura, el médico y el farmacéutico formaban parte de ese núcleo duro de personas con cierta reputación a las que se podía acudir en busca de consejo. Para muchos, el banquero era un amigo.
 
Algunos han tenido que migrar por el riesgo personal de vivir o trabajar donde sembraron miseria y dolor.
 
Pero en algún momento hubo un "click" imperceptible al oído pero claramente visible en sus efectos. Diría que demoledores, no solo para esas personas sino también para sus clientes y, por supuesto, para la reputación de sus marcas.
 
Ese "click" estalló con la autorización a la banca comercial de vender productos propios de la banca de inversión por medio de empleados sin instrucción pero sí cargados de instrucciones. Empezó, también, con la entrada en sus objetivos de la venta de seguros, planes de pensiones, cacerolas, ordenadores, televisores y otros productos que no entienden ni asisten. El argumentario no va más allá del "esto es bueno" o el "esto es lo que hay si quieres el préstamo".
 
Algunos andan diciendo que la crisis bancaria lo es de las Cajas, esos entes dirigidos por políticos y amigos para el auxilio de políticos y amigos a costa de sus clientes y del erario público. En parte es cierto. Pero la crisis bancaria no solo es una historia de quiebra financiera sino también ética y moral. Y a eso han jugado todos, bancos y cajas y como de estas últimas ya no quedan... pues siguen jugando los bancos en solitario, tal vez preparando la siguiente que será exclusivamente suya.
 
Es muy fácil, para mi, observar esa quiebra ética y moral pues a diario me escriben ciudadanos que están siendo víctima de coacciones en materia de seguros en su sucursal bancaria al hipotecar o en cuanto entran a financiar un vehículo. Da igual que la Ley de Mediación en su artículo 5.e prohíba al banco, en tanto es un agente de seguros, imponer la contratación de un seguro. Da igual que la Directiva CE Hipotecaria prohíba las operaciones vinculadas de seguros a préstamos. Da igual que el Código Penal castigue la coacción o que el Código Civil y el de Comercio consideren nulo el contrato obtenido mediando vicio de consentimiento. Da igual todo. Excepto cumplir un objetivo de ventas.
 
Retorcer virtualmente el brazo del cliente o amenazarle con no poder acceder a una vivienda, a una furgoneta o a una cuenta de crédito que precisa para poder trabajar ¿es algo que deba cubrirse con un seguro? ¿Es algo que podamos admitir como sociedad? ¿Es algo que considere tolerable un Sindicato de Trabajadores?
 
El error es considerar que la enfermedad es la denuncia del cliente. Y que el remedio es la contratación de un seguro para defenderse. Es un error garrafal, ausente de contacto con la realidad.
 
No porque el seguro tan solo está destinado a cubrir hechos accidentales, imprevistos y "ajenos a la voluntad del asegurado" .
 
Más bien porque el problema está en la planta ático de la Sede de esas organizaciones que han decidido comportarse como mafias haciendo a sus clientes "ofertas que no podrán rechazar". Porque es esa alta dirección quien impulsa políticas salvajes y desleales con el cliente, ilícitas por incumplir las Leyes y repulsivas para cualquiera que tenga claro que una cosa es vender y otra muy distinta imponer con amenazas o vender basura a sabiendas mediando engaño.
 
El empleado de sucursal no es una víctima, es un sicario. Pero no es quien diseña ni promueve el modelo de negocio ni es quien lo aplica por propia voluntad. Como todo sicario sabe si no cumple las órdenes le espera el paredón. Que en el ámbito de la empresa significa engrosar las listas del paro. Tal vez por eso alguna que otra vez asisto al bochornoso espectáculo de ver al victimario implorar a la víctima que se deje abusar o no cobrará los objetivos o, en otros, le diga abiertamente que le despedirán.
 
Ahí deberían estar los Sindicatos, defendiendo la reputación de sus afiliados y el derecho a ejercer una actividad de forma honorable y no como candidatos a condena penal simplemente por cumplir ordenes de arriba a cambio de un sueldo.
 
¿Y los clientes? Pues no estaría mal que se organicen bien apoyándose en organizaciones de consumidores y usuarios capaces de acabar con esta lacra, es decir, tratando a los que causan el problema como merecen en lugar de odiar al sicario mientras tragan la hiel de su particular condena a 30 años en silencio.
 
Aclaro que conozco también bancarios que son bellísimas personas y ejercen con respeto hacia sus clientes lo cual les ha costado más de un disgusto con sus jefes. Pero lo han conseguido. Deberían ser estos el modelo a seguir.
 
Pregunta de examen: ¿Protegemos al tiburón de las consecuencias de sus hechos o, por el contrario, lo reeducamos para que ni él ni nosotros precisemos protegernos el uno del otro?
 

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sobresobre
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